jueves, 27 de noviembre de 2008

Un cuento de bancos

Los bancos están de moda, la crisis los ha puesto a desfilar día tras día en la pasarela de la actualidad y hasta en el rincón más recóndito de nuestro país, el menos informado de los mortales se sabe de memoria la dichosa frase "hay que inyectar liquidez a los bancos para que recuperen la confianza", que se traduce hablando en plata en que "papá" estado les dé una suculenta asignación de euros a los "nenes banco".
Y sin querer hacer demagogia barata voy a contar una pequeña historia de bancos, que nada tiene que ver con la crisis, pero que tal vez pueda añadir algún calificativo a los mismos, aparte de ese que acabamos recientemente de descubrir y que es "desconfiados".
Sucedió hace un tiempo, ni mucho ni poco, que el señor Ciudadano decidió dedicar una mañana a resolver unos urgentes asuntos bancarios. Así que ni corto ni perezoso se dirigió bien temprano a una entidad bancaria, con la primera misión de abonar el impuesto sobre bienes inmuebles que estaba a punto de vencer. Tras cerciorarse que la citada entidad era una de las que figuraban como entidades colaboradoras en el impreso para el pago que le había sido remitido, entró en la sucursal que encontró más cercana a su domicilio y se dirigió a la caja, donde lo recibió amablemente una empleada de mediana edad. El señor Ciudadano comunicó a la empleada que venía a abonar un impuesto que adeudaba, al tiempo que le entregó la carta de pago del impuesto. La empleada tras un rápido vistazo le informó que esos pagos debían hacerse a través de la cuenta bancaria y preguntó al señor Ciudadano si tenía cuenta bancaria en la entidad. Este, sorprendido le respondió que no tenía ninguna cuenta abierta en esa entidad, pero que no era necesario tenerla puesto que al ser una entidad colaboradora tal y como figuraba en la carta de pago, el pago podía hacerse por caja. La empleada rápidamente le contestó que tenía razón, pero que era norma de la entidad el que los pagos se efectuaran del 10 al 20 de cada mes (siendo el día de los hechos el 24). El señor Ciudadano comenzó a enfadarse, puesto que por una casualidad enorme (dado que no solía hacerlo) había leído la letra pequeña de la carta de pago, donde decía expresamente que la entidad colaboradora no podía imponer ninguna restricción al pago, siempre que este se efectuara en horas en las que la oficina de la entidad estuviera abierta al público. No obstante intentó no mostrar dicho enfado y en tono amable le comentó a la empleada la existencia de esa clausula en la carta de pago, y le entregó la carta para que ella misma lo comprobara. Una vez leída la clausula la empleada se dirigió al señor Ciudadano diciendo que esa clausula estaba muy bien pero que las normas de la entidad eran diferentes. Momento en que el señor Ciudadano no aguantó más y la interrumpió diciéndole con un tono algo más elevado del normal, que si la entidad firmaba un acuerdo de colaboración con unas determinadas normas, debía atenerse a las normas de ese acuerdo por encima de sus propias normas. La empleada se calló, tomó el documento y comenzó a teclear en su terminal al tiempo que decía que no era común hacerlo pero que por esta vez le iba a tramitar el pago aunque contraviniera las normas de la entidad. El señor Ciudadano abrió la boca para contestar pero en el último momento se mordió la lengua y prefirió dejar las cosas como estaban ya que finalmente el pago había podido ser efectuado.
Tras este "logro" el señor Ciudadano, con el ánimo más encrespado que al inicio de la mañana se dirigió a otra entidad bancaria diferente, su intención era la de hacer efectivo un cheque nominal que le había proporcionado su anterior empresa a modo de liquidación. Una vez llegó a la correspondiente sucursal, entró en ella y acudió a la ventanilla donde entregó el cheque al empleado de turno para que lo hiciera efectivo. Tras un vistazo, el empleado comprobó un número y le comentó al señor Ciudadano que para hacer efectivo el cheque debía de abonar la cantidad de 1.80 euros. La sorpresa del señor Ciudadano fue mayúscula, pero aún quedaba una sorpresa mayor, pues cuando inquirió al empleado los motivos de ese coste, este le comentó que el cheque había sido expedido por otra oficina de la entidad, y por eso había que abonar ese coste. El señor Ciudadano que no daba crédito a lo que estaba oyendo le comentó que dado que la empresa emisora tenía su sede central en Madrid, posiblemente ese cheque estaba expedido allí (cosa que confirmó el empleado del banco), y que entonces si no quería pagar ese importe, ¿qué debía hacer?, ¿acudir a la oficina de Madrid que emitió el cheque?. La respuesta del empleado no dejó lugar a dudas: "sí". El señor Ciudadano montó en cólera y pidió el cheque al empleado y le dijo que ya lo haría efectivo en otro momento. Salió de la entidad y llamó por teléfono a su antigua empresa comentando lo sucedido. Después de unos minutos de escuchar frases como: "eso es cosa de los bancos", "nunca nos había pasado", "no es cosa nuestra sino del banco", espetó a su interlocutora un lacónico "¿teniendo oficinas en media españa nunca os había pasado esto con ninguna liquidación? pues ahora ya sabéis lo que pasa para las próximas" y colgó el teléfono. Acto seguido entró de nuevo a la oficina bancaria para hacer efectivo el cheque y perder de su propio bolsillo el euro con ochenta céntimos que esos ladrones llamados banqueros roban a cada uno de los ciudadanos de a pie que tienen que hacer efectivos cheques en oficinas diferentes a la emisora (o sea el 99% de los casos).

NOTA: ante el comentario acerca de la existencia de entidades que no obligan a abonar una tasa por hacer efectivo un cheque de otra oficina (en este caso BBVA), quiero hacer público que la entidad que exigió dicha tasa que no es otra que Caja Madrid. (entidad con la que en su día un servidor también tuvo problemas porque dejaron de enviarme los extractos a mi domicilio, y a pesar de mis reiteradas peticiones de que reanudaran los envíos, hicieron oídos sordos)

lunes, 3 de noviembre de 2008

Crisis, deporte y fútbol

A veces la vida tiene estas cosas y lo que en condiciones normales son temas que siguen vías paralelas sin acercase siquiera, a veces por esos vaivenes del destino se cruzan en un mismo punto. Y suelen ser estas glorietas de la vida las que más dan que pensar, si uno se para un poco a mirarlas con detenimiento. El otro día saltó la noticia a los medios de comunicación: una de las atletas españolas más laureadas de la actualidad (con medallas en muchas competiciones internacionales, y sin ir mas lejos, quinta en las olimpiadas de Pekin) se quedaba sin equipo, al desaparecer aquel en el que militaba. La polémica se avivó porque dicho equipo era más o menos una sección "oficiosa" del R.C.D.Espanyol de fútbol, pero eso es algo intrascendente para lo que quiero comentar. La crisis afecta a todo y a todos eso es obvio, y seguro que algunos otros clubes siguen esta triste senda de la desaparición. Más triste aún es que una atleta de esta calidad y de este nivel, cobre tan solo doce mil euros de su club y sea con ese dinero y con las becas ADO con lo que tenga que vivir. Y alguno podrá decirme que entre la beca y esos doce mil euros tampoco es tan mal sueldo. Y yo hasta podría darle la razón a ese alguien, si no me topara de bruces con la siguiente noticia que en estos días también he leído acerca de la deuda que arrastra otro equipo de fútbol, el R.C Celta de Vigo en este caso, y que es de unos 80 millones de euros. Pero no acaba ahí la cosa, lo más triste del caso es de de esos millones, en concreto 30 se los adeuda al Ministerio de Hacienda y a la Seguridad Social. Conviertan a pesetas la cifra y se encontrarán con la redonda suma de 5 mil millones de antiguas pesetas.
Y claro, aquí es donde uno puede empezar a sulfurarse, a mosquearse y sabe dios cuantas cosas más, porque, piensen ustedes cuantas cosas se podrían hacer con esos 30 millones de euros. Dedicados simplemente al deporte se podrían salvar decenas y decenas de clubes y con ellos a sus atletas, jugadores etc. Y hagan cuentas, porque esta es la deuda de UNO SOLO de los clubes de fútbol de primera y segunda división. Si juntamos lo que entre todos ellos deben a Hacienda y a la Seguridad Social, más de uno se iría directo al estadio de fútbol más cercano con un par de cócteles molotov.
Todo esto sin entrar en el enorme agravio comparativo que suponen estos casos. Pongo un ejemplo muy simple: recientemente Hacienda me ha reclamado un pago debido a un impuesto mal liquidado de una compra inmobiliaria realizada el año pasado. Nada que objetar, la reclamación era justa y como tal he abonado el importe. Mil euros. Esa es la cifra que me han reclamado. Si la comparamos con los 30 millones de euros, tenemos un barco de papel contra el Titanic. Y que no se me entienda mal, yo no quiero que se deje de reclamar mi deuda, lo que quiero es que se la reclamen a todo el mundo. Que se terminen de una vez las bulas que al parecer siguen existiendo para ciertas empresas y ciertas asociaciones deportivas (clubes de fútbol hablando en plata). A diario leemos en todos lados que se necesita dinero para la sanidad y para muchas cosas más, en cambio nadie parece reclamar esas deudas millonarias a esas entidades (las cuales encima pagan sueldos astronómicos a muchos de sus empleados). Y eso señores, escuece y mucho, al menos a mí.