jueves, 16 de agosto de 2012

Londres 2012. Se terminó lo bueno.

Se acabó. Las llamas del olimpo vuelven a su letargo cuatrienal. Y nosotros a la triste realidad del deporte fuera de las Olimpiadas. Hasta dentro de cuatro años no volveremos a oír hablar de Taekwondo, de Piraguismo o de Lucha. No veremos más regatas de Vela, ni partidos de Waterpolo o Balonmano femenino. Nadie escuchará en este tiempo una final de natación retransmitida en directo por la radio (juro que guardaré por siempre el recuerdo de esa final de los 800m libres que escuché en directo mientras iba en el coche). 
Y estos son los deportes en que hemos obtenido medallas. ¿Qué decir del resto? Como de costumbre, desayunaremos, almorzaremos, merendaremos y cenaremos sólo fútbol. Será mucho más importante el color de la falda de la novia del futbolista de turno, que las seis, siete, ocho horas diarias que se pasan entrenando las chicas de la rítmica, la sincronizada o la gimnasia artística. La gente discutirá hasta la eternidad las decisiones arbitrales de cada domingo, pero nadie se acordará que cada día de la semana, a las seis de la mañana, una tal Mireia Belmonte se tira a la piscina para hacer kilómetros y kilómetros, y luego se va al gimnasio... O que un tal García Bragado se calza sus zapatillas y se pone a marchar durante horas.
Eso sí, llegará Río 2016 y querremos medallas a tutiplén. Y si no las obtenemos será que los deportistas que van allí son malísimos, que no merecen ni ir a unos juegos y que para eso mejor no llevarlos. La ignorancia, ya se sabe, es muy atrevida. De ahí que proliferen, en tiempo de olimpiadas, estas opiniones entre una gran mayoría de los españoles, desconocedores por completo de los más mínimos conceptos básicos del deporte en general y de la competición en particular.
Y es que esta mayoritaria pandilla de bocazas ni siquiera son capaces de darse cuenta de una máxima inexorable: "Para tener medallas hay que trabajarlas a largo plazo".
¿Y qué significa esto? Muchas cosas. Significa que las federaciones de cada disciplina, empezando por las regionales y terminando por las nacionales, deben de funcionar correctamente, y dejar de ser un nido de corruptos chupópteros que se dedican a medrar y a obtener beneficios personales, en vez de a trabajar por el deporte al cual representan. Hay que terminar con las mafias que controlan el 90% de la federaciones deportivas en España.
Significa también que hay que sufragar ese trabajo a largo plazo para las medallas. Hay que establecer unos planes ADO modernos y flexibles, ya que los que tenemos están caducos y ya no dan frutos. 
Y sobre todo hay que hacer que fluya el dinero al deporte de élite, para que se puedan sostener los equipos y las ligas nacionales en toda su potencia ( y evitar la debacle actual, donde cada día desaparece un equipo puntero en algún deporte) y para que los jugadores puedan seguir subiendo su nivel. Y ese dinero obviamente no puede provenir todo del Estado, tiene que venir del sector privado y para ello hay que hacer realidad de una vez por todas la ley de mecenazgo, que promueva que las empresas inviertan en patrocinios deportivos, vía desgravaciones u otras ventajas fiscales.
Y significa por último, que el deporte hay que promocionarlo, para fomentarlo entre los más pequeños, y para ello tenemos la más poderosa herramienta de promoción que existe sobre la faz de la tierra: la televisión. Y más si cabe teniendo una televisión pública en este país. 
Que retransmitan todos los europeos y mundiales de todas las disciplinas olímpicas (y las no olímpicas también, qué narices), para que los niños puedan ver todo tipo de deportes, porque sólo de esa forma podrán soñar con estar ellos un día en el lugar del deportista que ven en la tele y al cual seguramente querrán emular. 
La clave de todo esto reside en algo tan sencillo como pararse a pensar en la razón por la cual alguien practica un deporte, desde aficionados hasta profesionales. La respuesta es la misma en el 99% de los casos: porque le gusta.
Y le gusta porque en algún momento lo probó y le gustó, y entonces empezó a practicarlo. 
¿Y por qué lo probó? Porque alguien se lo enseñó o porque lo vio en algún sitio y le gustó. Y para ver, nada mejor que la televisión.
Por lo tanto, si cercenamos de raíz el que los más pequeños puedan conocer tantos y tantos deportes que existen, estamos acabando con nuestra cantera de deportistas aún antes de que lo sean siquiera ... ¿es que nadie se da cuenta de esto?
Y a quien me venga con la cancioncilla de que retransmitir todos esos eventos cuesta dinero, le diré que por supuesto, pero que me digan exactamente cuanto. Igual nos sorprenderíamos de que el total no es tan alto ni tan inalcanzable. Porque otros programas y otras retransmisiones también cuestan dinero ... y se siguen haciendo.