miércoles, 12 de junio de 2013

Aún no me lo creo.

AVISO: lo que voy a narrar a continuación está basado escrupulosamente en hechos reales. Repito, no es ficción, ocurrió en la realidad.

Martes, 8:30 de la mañana. Mientras acabo el desayuno recuerdo que en dos semanas tengo cita para hacer el DNI a mis dos hijos. Y para ello necesito reunir una serie de papeles. Miro la agenda del día. Ninguna reunión temprana. Perfecto para iniciar la recopilación de toda esa documentación. Hago memoria de donde está exactamente el libro de familia y lo encuentro a la primera. Buenos augurios. Subo al coche y varío levemente mi ruta habitual al trabajo para desviarme hasta el Ayuntamiento y el Registro. Aparco y tras pasar por el cajero (supongo habrá que pagar alguna tasa como siempre) me dirijo caminando a las oficinas. El horario de cara al público comienza a las nueve de la mañana en ambos sitios. Respiro hondo. Empezamos bien. Miro el reloj. Las nueve menos cinco. Bueno, va a ser una espera muy corta. Me doy una vuelta al fresco de la mañana (estamos en junio, pero junio coruñés, o sea, de todo menos sol).  A las nueve en punto me dirijo al Registro. Las verjas están abiertas. Perfecto. No hay nadie en la cola. Pido los certificados de nacimiento especiales para hacer el DNI. Muy amablemente me dicen que espere un momento. Teclean cuatro cosas en el ordenador, alimentan de papel la impresora, un par de firmas y aquí tiene usted sus certificados. Los guardo en la carpeta medio asombrado y me dirijo sin perder tiempo a las oficinas del ayuntamiento, al otro lado de la manzana. Cuando llego tampoco hay nadie en la cola. Buenos días, quiero los certificados de empadronamiento de mis dos hijos para hacerles el dni. Muy bien, enseguida, siéntese un momento por favor. Me piden el dni. Teclean las correspondientes opciones en el ordenador. La impresora expulsa los papeles cubiertos, unas firmas a bolígrafo y aquí tiene usted, estos son los certificados, y dado que no está usted casado, por si acaso le damos un certificado de convivencia, que es este, aquí tiene todo. Tomo los papeles, y tras dar las gracias y desear un buen día, salgo de allí. No me hace falta verme en ningún espejo para saber que llevo cara de gilipollas. Mi asombro no tiene límites. Llego al coche. Miro el reloj. Las nueve y doce minutos. Tengo todos los papeles en mi poder y no me ha costado un céntimo. Me pellizco. Ay, joder, duele. No estoy soñando. Todo ha funcionado como debe ser. Aún no me lo creo.