martes, 2 de octubre de 2012

Perplejidad, indignación y tristeza.

A veces uno se encuentra con cosas que producen perplejidad a primera vista, indignación en la segunda, y enorme tristeza en la tercera y posteriores revisiones. Una de estas cosas acaba de producirse en estos días. Una presidenta autonómica de este país, ni corta ni perezosa, ha eliminado de los presupuestos de su comunidad el sueldo de los diputados regionales. Y ha declarado a bombo y platillo que hay que volver a la esencia, y demostrar que los políticos están en política por su vocación de ayudar a los demás, y no para medrar y hacer fortuna. (Confieso que he tenido que escribir esta última frase haciendo varias pausas para reírme a gusto, vamos, lo que vulgarmente se llama descojonarse). Inaudito ¿no? Hasta aquí la perplejidad.
Y se queda tan ancha la susodicha. Vamos a ver, un parlamentario electo, ¿no ha de dedicar su jornada de trabajo a sus labores como tal? porque supongo que regir los destinos de una comunidad autónoma no es algo que se arregla con cinco minutos al día y pista ¿no?. Y entonces, yo me pregunto, ese diputado ¿de qué va a vivir? porque si no tiene sueldo entonces solo cabe una opción, que ese señor tenga sus empresas o sus rentas y pueda vivir de ellas y dedicar todo su tiempo a ser parlamentario. Conclusión, al final todos los parlamentarios serían gente adinerada, con posibles, como se decía antiguamente. ¿Les suena la copla? Sí ¿verdad? la política para los ricos, para los nobles, el resto a recoger algodón por ser negros o a cuidar el ganado o bajar a la mina por ser pobres. Vuelta a la jerarquía de clases del pasado. Hasta aquí la indignación.
Y ahora yo pregunto en voz alta y me pregunto a mí mismo en voz baja, ¿cuántos se han parado a pensar en esto? ¿cuántos se han detenido a ver el fondo de las palabras de esta señora y a dónde nos llevaría su planteamiento?
La única respuesta es que sólo unos pocos, que casi nadie. Y por eso la enorme tristeza.

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